Una ciudad inteligente no es una ciudad tecnológica, sino una ciudad que usa tecnología para resolver problemas urbanos con inclusión, sostenibilidad, derechos y evidencia. La receta no empieza con sensores, sino con gobernanza, datos, diagnóstico y participación.
Por Mariano Garza-Cantú
Agosto, 2026
Durante años, el concepto de Ciudad Inteligente se asoció con sensores, cámaras, conectividad, aplicaciones móviles e infraestructura digital: bastaba que una ciudad instalara internet en sus parques para declararse inteligente. Para Hugo Isaak, integrante del grupo de expertos de ONU-Hábitat que desarrolló las guías de ciudades inteligentes centradas en las personas, esa definición ya no basta.
Gobiernos y proveedores siguen equiparando gobierno digital, digitalización de trámites, centros de datos o gemelos digitales, con el desarrollo de una ciudad inteligente, aunque esas herramientas por sí solas no bastan. Para ONU-Hábitat, una Ciudad Inteligente es un ecosistema digital que pone a las personas en el centro y usa la tecnología para mejorar su bienestar y calidad de vida: un medio, no un fin.
“La obsesión por la tecnología como fin en sí mismo desvía la atención de los problemas reales de la gente. La definición correcta debe centrarse en la creación de un ecosistema vivo y adaptable que mejore la vida de las personas”, dice Isaak, quien insiste en que el objetivo es identificar problemas reales y construir soluciones que respondan a las necesidades de cada territorio.
No existen dos ciudades inteligentes iguales
Para Isaak, el error más frecuente es copiar modelos exitosos de otras ciudades: cada territorio tiene características propias y no existen recetas universales. El primer paso, sostiene, es comprender el ecosistema local —fortalezas, debilidades, desafíos— antes de hablar de tecnología.
Durante el proyecto Interconectando Ciudades Inteligentes, impulsado por México en su presidencia de la Asamblea de ONU-Hábitat (2019-2025) y en el que participó Isaak, se analizaron 120 ciudades mexicanas para identificar patrones comunes. El ejercicio arrojó seis variables críticas que afectan a la población: calidad de vida, salud, educación, seguridad, movilidad y cambio climático, hoy reflejadas en las Guías Internacionales de Ciudades Inteligentes Centradas en las Personas de ONU-Hábitat. “Concentramos en un repositorio toda la información y la analizamos con un algoritmo que ya venía trabajando”, explica Isaak.
El modelo mexicano tuvo tal éxito que se presentó en foros internacionales, se adoptó como base de trabajo y llevó a la creación formal de un grupo de expertos en Ciudades Inteligentes en la ONU.
¿Cuál es el camino a seguir?
La Guía paso a paso para una estrategia de ciudad inteligente centrada en las personas, dirigida a gobiernos nacionales, regionales y locales, resume la ruta crítica en nueve pasos:
1. Definir el problema urbano antes de elegir tecnología, a partir de necesidades reales, no de soluciones prefabricadas.
2. Diagnosticar la madurez digital y urbana: conectividad, capacidades institucionales, datos, brechas, servicios públicos, gobernanza y riesgos.
3. Construir una visión compartida de ciudad con gobierno, ciudadanía, academia, sector privado y sociedad civil.
4. Diseñar gobernanza institucional: responsables claros, coordinación entre dependencias, reglas de decisión, presupuesto y rendición de cuentas.
5. Crear una estrategia de datos que oriente la adopción tecnológica, la gobernanza de datos y la privacidad.
6. Cerrar brechas digitales, con inclusión y derechos digitales como foco del programa.
7. Priorizar proyectos con impacto medible: movilidad, vivienda, servicios básicos, seguridad, resiliencia climática y planeación territorial.
8. Medir con indicadores los resultados —no solo las actividades— frente a las metas originales.
9. Escalar gradualmente: en vez de la ciudad inteligente integral, conviene empezar con pilotos, medir, corregir y escalar.
Tres errores se repiten con frecuencia: comprar tecnología sin estrategia, confundir ciudad inteligente con videovigilancia o internet de las cosas, y digitalizar desigualdades —servicios modernos para quienes ya tienen conectividad y abandono para quienes no.
La participación ciudadana como punto de partida
Las soluciones no deben diseñarse solo desde el gobierno. El modelo de Isaak y ONU-Hábitat parte de foros ciudadanos, laboratorios urbanos y espacios de colaboración donde participan universidades, organizaciones sociales, empresas y autoridades, bajo la premisa de que quienes viven los problemas de una ciudad tienen información valiosa para resolverlos. En municipios como Tequila y Ciudad Juárez, estos ejercicios permitieron vincular desafíos concretos con programas, financiamiento o experiencias nacionales e internacionales; la tecnología llega después, como herramienta para acelerar la respuesta.
Isaak distingue entre gobierno digital y ciudad inteligente: digitalizar trámites, migrar a la nube o implementar inteligencia artificial mejora la eficiencia gubernamental, pero no vuelve inteligente a una ciudad. “Uso una herramienta de Amazon Web Services y tengo mi nube, ¿y ya me volví ciudad inteligente? Contraté un gemelo digital y tengo la radiografía de la ciudad, ¿y ya soy una ciudad inteligente? Es un camino, pero no te hace una ciudad inteligente. No todos tienen acceso a la infraestructura digital: solo una mínima parte”, afirma.
La disponibilidad creciente de datos transforma la gestión urbana: gobiernos y organizaciones usan información pública, redes sociales, indicadores económicos y datos territoriales para entender mejor las ciudades e identificar tendencias. El objetivo no es acumular datos, advierte Isaak, sino convertirlos en mejores decisiones, algo clave en contextos de cambios políticos frecuentes, donde la medición permanente da continuidad a los proyectos exitosos.
Los retos hacia adelante
Para Isaak, los principales desafíos siguen siendo humanos, no tecnológicos: la desigualdad social, la pérdida de confianza en las instituciones, la fragmentación política, las brechas educativas y la resistencia al cambio. Por ello, una ciudad inteligente debe fortalecer la relación entre ciudadanía y gobierno y usar la tecnología de manera responsable para generar beneficios colectivos. Requiere, en suma, una visión amplia que incluya desarrollo económico, inclusión social, sostenibilidad ambiental, gobernanza y calidad de vida: la pregunta no es qué tecnología tiene una ciudad, sino qué problemas resuelve para sus habitantes.

