Debido a que el mercado laboral se transforma, hay que preguntarse cuáles son las habilidades y competencias necesarias para trabajos que, en muchos casos, ni siquiera existen todavía. Así, las universidades enfrentan un doble reto: formar profesionales que dominan su área técnica, y que sean capaces, simultáneamente, de adaptarse a lo desconocido.
Por Mariano Garza-Cantú
Febrero 2026
Carmen Rodríguez Armenta, directora general del Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (Ceneval), identifica una competencia fundamental para navegar este nuevo escenario: la adaptabilidad, que ella entiende como flexibilidad cognitiva. “Los seres humanos tenemos la capacidad de aprender, desaprender y volver a aprender”, afirma. Más que debatir si los jóvenes deben o no aprender a programar, Rodríguez Armenta insiste en que la flexibilidad mental es lo que marca la diferencia. El conocimiento cambia constantemente, y aferrarse a lo que ya sabemos puede convertirse en una trampa. Esta adaptabilidad no se limita a lo tecnológico. Permea todas las dimensiones del trabajo actual y se compone de lo que conocemos como habilidades suaves (soft skills).
Estas habilidades atraviesan prácticamente cualquier ocupación. Entre las más importantes están las digitales básicas. No basta con saber usar una computadora. Hay que hacerlo de manera segura y crítica: identificar riesgos, distinguir la información confiable de las estafas digitales, comprender cómo interactuar con las herramientas de forma responsable. La alfabetización digital dejó de ser un extra. Es un requisito básico de empleabilidad.

Las habilidades socioemocionales
Para Rodríguez Armenta, otro conjunto de competencias cada vez más relevantes son las socioemocionales. La pandemia dejó claro que la salud mental importa. La inteligencia emocional también. Y la capacidad para gestionar el estrés en situaciones difíciles, más aún. Estas habilidades permiten a las personas mantenerse funcionales en entornos laborales que no siempre son ideales, y avanzar profesionalmente sin quebrarse emocionalmente. En la misma línea está la capacidad de trabajo en equipo, que hoy casi siempre implica colaborar a distancia, con compañeros en distintos países y zonas horarias.
El pensamiento crítico
Rodríguez Armenta menciona también la conciencia social y ambiental, y la administración del tiempo. Habilidades especialmente importantes para generaciones que buscan un mejor equilibrio entre vida personal y laboral.
Pero si hay una que Rodríguez Armenta coloca por encima del resto, es el pensamiento crítico. Una competencia transversal que permite analizar información, cuestionar lo que damos por hecho y tomar decisiones con fundamento. Y advierte: “estas habilidades no se aprenden solo con discursos. Se desarrollan con prácticas concretas, dentro del aula y fuera de ella. La forma en que enseñan los docentes, la coherencia entre lo que dicen y lo que hacen, y cómo integran estas competencias en sus clases determina si realmente se desarrollan o solo quedan en buenas intenciones”.
¿Y las universidades han tomado nota del cambio que se viene?
En 2021 se aprobó la Ley General de Educación Superior, que obliga a las instituciones a formar personas integrales. Esto significa que las universidades, públicas y privadas, no solo deben garantizar conocimientos técnicos. Tienen que incorporar estas habilidades transversales.
Carmen Rodríguez Armenta explica que ya se han desarrollado instrumentos para evaluar cómo ingresan y cómo egresan los estudiantes en aspectos clave de conocimiento técnico, pero también “estamos desarrollando exámenes que permitan identificar, un abogado, por ejemplo, si va a egresar conociendo todas las leyes y procedimientos, pero también temas como la ética, la honestidad y la responsabilidad”, asegura la entrevistada.
Los resultados de estas evaluaciones dejan ver que la comprensión lectora y el pensamiento lógico-matemático son dos áreas que requieren mucho trabajo y que representan una de las principales oportunidades de mejora del sistema educativo mexicano, porque son dos puntos críticos para las habilidades que se requieren en el desarrollo profesional.

La IA es otra pieza del puzzle
La llegada de la inteligencia artificial complejiza la conversación. Para Rodríguez Armenta, lejos de sustituir la formación técnica, la IA es una herramienta que exige un uso ético y crítico. Las universidades tienen el reto de capacitar a sus docentes para integrarla en el aula. No solo como apoyo operativo, sino como objeto de reflexión: cuándo usarla, cuándo no y con qué consecuencias. Desde esta perspectiva, aprender a programar y entender la lógica detrás de los sistemas sigue siendo relevante, incluso para carreras que tradicionalmente no lo requerían, como finanzas o administración.
El horizonte temporal también se acortó. Lo que antes considerábamos largo plazo hoy puede ser apenas una década. Por eso, la formación universitaria ya no puede verse como algo cerrado, sino como el inicio de un aprendizaje que durará toda la vida.
Las microcredenciales
En este contexto, Ceneval puso en marcha un programa de microcredenciales. Permite que las personas acrediten habilidades específicas —como pensamiento crítico, trabajo en equipo o dominio del inglés— con respaldo institucional y trazabilidad digital. El programa está disponible en https://microcredenciales.ceneval.edu.mx/.
Rodríguez Armenta revela que Ceneval ha firmado acuerdos con empresas y organismos para impulsar el desarrollo de estas habilidades suaves.
Retener talento
Finalmente, Rodríguez Armenta señala un desafío estructural: retener el talento. Muchos jóvenes bien preparados eligen migrar a otros países o trabajar para empresas extranjeras. La formación continua y la certificación dentro de las organizaciones puede ser clave para que decidan quedarse. No solo por dinero, sino porque se sienten valorados y ven oportunidades de crecimiento.
El reto para las instituciones educativas es claro: incorporar este desarrollo integral como condición necesaria para prosperar en un entorno cada vez más incierto y cambiante.
